Cuando se rompe la delicada barrera, se entrometen los demonios en el sueño sin alcanzar. Y son tan listos que saben colarse en la oscuridad del párpado, brindando una pesadilla real, el mundo se distorsiona volviéndose letal, volviéndose imposible, y el frío que traen consigo los demonios acaricia tu cara en forma de agua. La espalda se vuelve la antena del peligro y los puños se cierran, las uñas se introducen en tus palmas de las manos esperando poder agarrarte a lo único que es mínimamente seguro, tú mismo. Pero tu respiración te ha traicionado ya, es cómplice del circo de bufones que se abre tras de ti, tu cuerpo ha sido ya poseído por los antojos de tu mente para crear un verdadero infierno en tu entorno. La niebla te está recubriendo, el miedo, la oscuridad solamente deja ver iluminados tus peores miedos, e incluso algunos que no sabías que tenías, las pesadillas se hacen reales.
Tan reales que las puedes mirar a la cara.
Pero ya no puedes hacer nada, tus músculos han sido poseídos por el súcubo de la debilidad, tu razón se nubla entre el miedo y la incoherencia y ningún grito solucionará la situación. Entre las pocas fuerzas tomas el antídoto, a veces más veneno que antídoto, y esperas, con la mente hirviendo en frío, que todos los satanases aquí invocados no hagan una herida abierta en ese cuerpo que no se ve, pero que sabemos que existe. Y derrepente, cuando todos los demonios ya te han poseído, entras en un profundo sueño, cuando el antídoto hace efecto, y duermes plácidamente para levantarte con la luz de un sol que te desvela que no,
Hoy tampoco has descansado nada, quizás no deberías haber cruzado ayer la línea que separa lo santo de lo condenado.
Quizás deberías controlar más el poder que tienes.
Quizás es que una vez se abre la puerta, es más fácil enfrentar todo el terror.